En las buhardillas ya no repicaba Pepe Blanco. Se escuchaba en las radios a Camilo Sesto, a Perales, al Rock Urbano de Chapa, a Burning, al primer punk y a la rumba de los Chichos, los Chunguitos y la del Sonido Caño Roto, de Los Chorbos y Las Grecas.

Intérprete/Grupo/Autor:
Varios
Título: Acropol
Sello discográfico:
Discos Templo

Pero aquella rumba comercial, con excelentes producciones y campañas de marketing tenía un underground. Un submundo de pasiones, cantantes, palmeros y guitarristas que llevaban la rumba, la novia furtiva del flamenco, a ser infiel con el son, la guaracha, el mambo y el guaguancó.

Es el punk español, la rumba de esta época es el punk gitano. Paro, droga y frustración. Una generación en blanco, como la de Richard Hell en N. York. Con los ojos en blanco del alcohol, la grifa y en la última etapa de los 80 incluso la heroína. El espíritu de rebeldía, a veces de desesperación, es la misma intensidad exasperada, enardecida del punk anglosajón. Es el blanco y negro de la depresión postindustrial, estallando en los colores de la nueva ola de la rumba, más glam y más “Almacenes Arias” que la de los 60.

El gran valor sociológico y antropológico de este trabajo trascienden el meramente musicológico, que es de por sí enorme, para entender una época y un estilo cultural en la España del siglo XX.

Pero la rumba, quizás el único estilo genuinamente español conocido en todo el mundo, ese palo atravesado del flamenco, no es profeta en su tierra. La prensa la ignora, el poder la margina y la intelectualidad la desprecia. Son tiempos muy duros para mucha gente. Acropol funcionó, desde mediados de los 60 hasta poco más de 1990, tras la muerte de su propietario. La rumba en su catálogo, como consta en el archivo de la mayor autoridad mundial en Acropol, autor de esta fantástica compilación, se extiende de 1972 hasta 1983. Es cuando Acropol registra la memoria de la calle.

La calle clandestina y heroica que se quejaba, luchaba y, pase lo que pase, siempre celebraba. Por rumbas. La rumba madrileña es más flamenca que la catalana, que es más caribeña. Pero por contra es más norteamericana (ecos de soul, rock, blues); suena más dura y más seca, aunque no tenga ventilador. Lo hacía a través de unas canciones que, a veces originales, otras versiones o inspiradas en otros hitos rumberos o del pop internacional, fueron muchas veces su único testimonio marginal, a la vez que el alma de la fiesta improvisada y la alegría de la gasolinera.

El gran valor sociológico y antropológico de este trabajo trascienden el meramente musicológico, que es de por sí enorme, para entender una época y un estilo cultural en la España del siglo XX.