por CARLOS MARTÍN*
El chico que coleccionaba Spider-man
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"Mi primer cómic costó 95 pesetas. El olor de sus páginas mezclaba regaliz y otras delicias de plástico orgánico con conservantes, macerado por el paso del tiempo con la tinta rancia" |
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UCEDIÓ CUANDO tenía ocho años, y, sin ningún tipo de duda, el destino tuvo que ver en el asunto. Quiero decir que no tuve elección. Abocado de por vida, sin remedio ni salvación, al veneno del cómic. Claro que entonces, en 1984, aún no sabía nada. Mi familia acababa de trasladarse, por motivos de trabajo, a un diminuto pueblo de la Andalucía profunda situado en lo que yo intuía el rincón más perdido de la Tierra. Allí, en el culo del mundo, había un quiosco junto al colegio municipal. Ese fue el escenario de la epifanía.
Mi primer cómic costó 95 pesetas. El olor de sus páginas mezclaba regaliz y otras delicias de plástico orgánico con conservantes, macerado por el paso del tiempo con la tinta rancia. Y ese aroma, al igual que el de los juguetes que acompañan los menús infantiles de McDonalds, resultaba extrañamente atractivo. Tuve que ahorrar durante un mes ante la imposibilidad de hacerme con el ejemplar por otros medios más prácticos que años después pondría en funcionamiento. Aún así, para mi se trataba de una auténtica ganga. La historia en concreto era el número 53 de "Spider-Man", editado por Bruguera sin créditos, correo del lector ni otras excelencias que ni conocía ni me importaban. En ella, el Duende Verde, archinémesis arácnida por excelencia, se sirve de un extraño gas para anular el "sentido spider" de nuestro héroe. Así descubre su identidad secreta y lo derrota en el jardín de tía May, todo un clásico a cargo de John Romita senior (en la colección original rondaría también el número 50). A lo largo de los años me mantuve fiel al trepa-muros, alimentando mi universo particular de superhéroes.
Si los primeros números de "Los Cuatro Fantásticos" que caen en tus manos los dibuja (y guioniza) John Byrne, Sal Buscema te muestra la arrolladora fuerza visual de "La Masa" con ese estilo tan condenadamente irresistible que creó escuela y Frank Miller es capaz de recrear literariamente la destrucción y redención de "Daredevil" en la mejor tradición del cine negro ("Apocalipsis", "Purgatorio", "Paria" y "Nacer de Nuevo" cambiaron la concepción de este arte, como medio narrativo, para millones de personas) entonces, querido lector, estás perdido. Difícilmente se puede pedir más. O todo lo contrario. Yo sí lo hacía, pedía y necesitaba cada vez más de esas historias.
Pero, cómo puede el neófito entender todo lo que supone este medio comúnmente desvirtuado y denostado, a la sazón en alza gracias al reciente auge de las superproducciones cinematográficas. Qué es lo que provoca esa pasión desmedida en el lector de cómics. No puedo hablarte en términos universales, tan sólo te daré mi respuesta. Por un lado está lo que llama la atención a simple vista, de forma automática, y que al mismo tiempo se configura como la piedra angular de los superhéroes; esos increíbles e imposibles trajes-pijama. No se me ocurre otra expresión visual más adictiva para enganchar al lector. Está claro que tienen el extraño e instantáneo poder de adherirse a tu retina, de ahí su aceptación popular como símbolo cultural contemporáneo. Otra cosa es el desmerecimiento que ha sufrido el género, tachado de insustancial por sus contenidos y formato y que nunca he comprendido. Y es que en todos los sentidos, el cómic puede considerarse, sin complejos, arte moderno (Pop Art si se prefiere), primo del creado por Andy Warhol con sus serigrafías y hermano de los óleos (o viñetas en lienzo) de Roy Lichtenstein, por poner un ejemplo. Todos comparten tiempo (empezaron a ser aceptados masivamente a principios de los años 60) aunque el reconocimiento intelectual, como ya he indicado, sea desigual.
Luego viene la historia. Aún recuerdo como si fuera hoy la sensación que experimenté al leer "Que verde era mi duende" (así se titulaba, desafortunadamente, el número 53 dibujado por Romita). Era algo totalmente nuevo y, al mismo tiempo, muy familiar. Básicamente podría resumirlo de esta manera; entendía perfectamente lo que Peter Parker sentía. Existía una extraña conexión entre el héroe de papel y yo que no hizo sino acentuarse con la llegada de la adolescencia. Los problemas le llovían por todos lados. Las chicas no le hacían caso, sin dinero y más bien solitario y atormentado, aquel chaval no tenía a nadie que le comprendiera. ¡Coño, con la salvedad de que a mi no me había picado ningún bicho radioactivo, estaba claro que ese tío era mi vivo reflejo! Claro que él podía encontrar la evasión que yo tanto ansiaba y que sólo encontraba en sus aventuras. Qué mejor catarsis que balancearse a cincuenta metros de altura por los rascacielos de Nueva York, limpiando la ciudad a base de mamporros. Sí señor, así se hacía el bien, con estilo. El chaval me caía bien y yo quería ser como él.
Sin embargo, el nivel de complicidad con Peter ya se había manifestado en su máxima expresión tiempo atrás. A los nueve años yo ya sabía cual era mi destino a corto plazo. Creé mi propio personaje de ficción y sus propias aventuras, que no hacían sino emular a las de mi mentor. Con motivo de los carnavales convencí a mi madre para que me confeccionara un uniforme siguiendo los patrones que había diseñado. Sólo me lo enfundé en un par de ocasiones (las fiestas de disfraces no eran tan frecuentes como hubiera deseado), pero más de una tarde recuerdo salir de paisano por el culo del mundo, envestido con el código moral de mi arácnido favorito y dispuesto a desfacer entuertos y ayudar al prójimo en la mejor tradición quijotesca. ¡Bendita inocencia!
Por suerte o por desgracia, el tiempo lo cambia todo, pero lo que no varió ni un ápice fue mi pasión por las historias que devoraba en forma de viñetas. "Spider-man" me ofreció más de lo que yo nunca hubiera imaginado, aprendí a disfrutar leyendo e interpretando las cosas bajo su visión del mundo, uno en el que los problemas y dilemas cotidianos a los que se enfrentaba eran similares a los de cualquier hijo de vecino. Un mundo frecuentado por otros supertipos como "Los Vengadores", "La Imposible Patrulla X" y el largo etcétera que componían los miembros de la factoría Marvel. Todos ellos saltaban de una colección a otra, colándose poco a poco en tu vida. De igual manera, yo fui saltando de unos cómics a otros.
Después vendría la vuelta a los orígenes (el universo paralelo DC), tintines y mortadelos, caballeros del antifaz , capitanes truenos y cortos malteses, a decir verdad, quería leerlo todo, no rechazaba ningún cómic, sino todo lo contrario. Mi hambre parecía alimentarse con cada nuevo descubrimiento. Era un apetito que aún hoy parece no tener fin.
Cada etapa de mi vida ha ido asociada a un nuevo personaje o autor y a nuevos significados. La lista, sinceramente, es interminable; Corben, Crumb, Bagge, Burns, Prado, Clowes, etc, etc, etc. Pero eso, no es que sea otra historia, sólo que no tengo tiempo ni espacio para contarla en esta ocasión.
*Carlos Martín es periodista.
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