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Autor/es: José Antonio Marina
Título: ‘La inteligencia fracasada’
Editorial: Anagrama
174 páginas, 14 euros |
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 E UNOS años a esta parte, ha surgido una nueva corriente de la
psicología que se centra en la búsqueda de la felicidad.
Autores como Martin Seligman nos dicen que, pese a que el 50 % de la capacidad
para alcanzar la dicha se hereda de nuestros padres, podemos mejorar nuestra
forma de disfrutar de la vida. Una búsqueda que no sólo está
condicionada por las circunstancias particulares de cada persona, sino
por las que le rodean, por la organización política, económica
y por los sistemas de valores y creencias de una sociedad. Hasta aquí,
Perogrullo dixit. José Antonio Marina podría pasar por un
representante de este enfoque estudioso al asegurar que “la finalidad de
la inteligencia no es el conocimiento, sino la felicidad”. La novedad del
trabajo de Marina reside en que, basándose en la premisa anterior,
no ha teorizado sobre la felicidad ni ha escrito un manual de autoayuda
de esos que enseñan a ser ‘inteligentes emocionalmente’, en muchos
casos verdaderos tratados de arrivismo y manipulación del prójimo
(filosofía de la mayoría de las revistas ‘para mujeres’),
sino que se ha centrado en el análisis de su antagonista, la estupidez,
acuñando para la ocasión el término ‘inteligencia
fracasada’. Para ello diferencia entre dos tipos de inteligencias, la computacional
(la genética, la que se mide tradicionalmente en los test) y la
ejecutiva (la que decide como utilizar este potencial), división,
por cierto, muy tranquilizadora para los que no somos precisamente unos
superdotados. Por tanto, una inteligencia no fracasa cuando el equipamiento
‘de serie’ es defectuoso (enfermedades mentales, minusvalías psíquicas,
coeficientes mediocres o bajos), lo que llama ‘inteligencias dañadas’,
sino cuando se hace un mal uso de las cartas con las que nos ha tocado
jugar. Aquí entrarían diferentes tipos de fracasos: afectivos,
cognitivos, de lenguaje y de voluntad (página 32). Para entenderlo
se sirve del ‘Principio de jerarquía de los marcos’ explicándonos
que “la inteligencia fracasa cuando se equivoca en la elección de
marco. El marco de superior jerarquía para el individuo es su felicidad”.
Aunque no nos sirva de demasiado consuelo, podría colegirse que
comportamientos egoístas pueden dar una satisfacción inmediata
a muchos capullos y a la vez ser su fuente de infelicidad postrera. Cuestión
de prioridades, vaya. Y si los sujetos particulares pueden ser estúpidos
(adjetivo que utiliza como sinónimo de malvado), las sociedades
también. Las cruzadas, la yihad y el nazismo serían perfectos
ejemplos. Sirviéndose de citas literarias e históricas, lo
que deja claro la erudición del ensayista, ‘La inteligencia fracasada’
es una lectura estimulante y optimista.
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