A MEMORIA, cuando se plasma en un libro, evita que se difumine la propia
identidad, actúa de antídoto contra el más triste
de los olvidos, el de uno mismo. Lo que somos es consecuencia de
dónde venimos, y Amos Oz, además de saber perfectamente quién
es, sabe contarlo. Para hacerlo ha escogido el camino más ameno
posible, el de la autobiografía novelada. Un territorio donde, manejándose
con discreción, puede desnudarse sin el exhibicionismo grosero al
que nos tienen acostumbrados los advenedizos de este género literario,
sin sentirse expuesto en un escaparate para curiosos, a los que considera
“malos críticos y lectores”, y que no buscan otra cosa que husmear
en la vida privada de los demás. Rodeado de literatura desde su
más tierna infancia, el autor es consciente del poder de las palabras,
que en sus manos rebosan sabiduría, comprensión, ternura
y, sobre todo, una desbordante imaginación que, en medio de una
niñez constreñida por una estricta moralidad, en sus propias
palabras “carcomida por la buena educación”, era la única
ostentación que le estaba permitida, y que es más, le era
alentada por Fania, su ensoñadora madre y personaje angular del
relato.
Hijo de un matrimonio exiliado en Jerusalén, Amos Oz nos sumerge
con maestría narrativa, por medio de la historia de su familia en
primer plano, en las fobias, ilusiones, odios, complejos, orgullos, forma
de pensar, sentir, hablar, vestir y hasta de comer de los judíos
de Israel durante los años que van desde la década de los
treinta hasta la de los cincuenta del siglo pasado. Sí, cuenta el
dolor y el miedo que estaba instalado en el tuétano de una sociedad,
pero sin revanchismos maniqueos, con el deseo de denuncia de toda infamia,
sea ésta obra de antisemitas crueles o fanáticos sionistas.
En este sentido, el autor argumenta que “en la vida de los individuos y
de los pueblos, los conflictos más terribles son casi siempre los
que estallan entre dos perseguidos”, en clara alusión al conflicto
palestino-israelí.
Capaz de mostrar el lado tragicómico de la vida sin necesidad
de servirse del lacerante lenguaje de los profesionales de la ‘novela irónica’,
Amos Oz ha escrito un libro mágico, de esos que uno desearía
que nunca se acabaran.
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