MAGINAD LA escena: Charles Baudelaire
hipnotizado ante una gigantesca mesa de nogal
y el cuerpo de la mulata Jeanne Duval, de las
paredes rojas cuelga una colección de
litografías de Delacroix, por la ventana
se ve a una prostituta del barrio latino besar
a un joven dandi con una dulce resaca de vino.
Todo eso está pasando en una habitación
del Hotel Pimodan de París, pongamos
que en 1842. El que fuera refugio de creadores
y bohemios con la despensa llena de drogas e
ideas ha servido de inspiración al segundo
larga duración de Lori Meyers. Aquel
hotel se ha convertido en sus manos en un hostal
imaginario desde el que la banda de Loja (Granada)
revisa -atención: con una arrolladora
explosión de talento pop- el ideario
de Baudelaire. Digámoslo de otra manera:
Noni y su gente descodifican y subtitulan con
sus propias palabras, que resuenan ya como madura
prosa veinteañera, aquello que tan bien
hizo el poeta parisino hace más de siglo
y medio, retratar las preocupaciones y melancolías
de la juventud moderna. Lo hacen sin pletóricas
ingenuidades y controlando cualquier aspaviento
postadolescente. "El mundo es una mierda
pero hay que mirarlo con paciencia" cantan
en el penúltimo corte. No hay prisa.
"Es mejor ver el presente y no pensar más
en la muerte", añaden. Está
claro.
El tópico amor/desamor lo releen con
una elegancia y riqueza armónica de muy
amplia gama -como la de ese eco inagotable de
coros en tres dimensiones de "Nuevos Zapatos",
que parece una noche de borrachera que nunca
termina-. Mandan los tiempos medios, con el
efecto rock condensado y la melodía ejerciendo
de reina. En las letras, costumbrismo sin populismo
y cero babas. "Yo no te culpo por querer
dejarme solo, tal vez te aplauda por decírmelo
tan claro y con descaro" es la frase que
abre la "El aprendiz". Ha dicho Noni,
el responsable de los textos, que en castellano
existe una delgada línea roja que a la
hora de escribir letras de canciones separa
lo vulgar de lo genial. Andrés Calamaro
en su "Honestidad brutal" dio un ejemplo
bárbaro (en positivo) de eso. Noni, desde
luego, no roza aquí para nada la vulgaridad.
Ni cuando desciende al pozo de lo muy romántico:
"El tiempo pasando, espero que un día
se pare unos años, poder estar todo lo
lejano que alcancen tus ojos, los dos de la
mano". La escuela granadina de los José
Ignacio Lapido, Antonio Arias y J tiene un nuevo
miembro.
La producción corre a cargo de Thom
Monaham (Pernice Brothers, Vetiver, J Mascis,
Devendra Banhart). No sólo ha pulido
carencias y ha invitado a tocar la pedal steel
a Mike Daly (Whiskeytown) y a meter percusiones
a Rick Denk (Velvet Crush, The Tyde) y coros
a Blake Hazard. Monaham ha fijado, limpiado
y dado mucho esplendor. "El dilema"
abre con ocho segundos de Nirvana y un escorzo
de The Byrds que no dura ni la mitad de tiempo,
para entonces descorrer la cortina y, zas, lanzarnos
a un ring entre hachazos de Dinosaur Jr. por
la retaguardia -por no decir 091- y (los mejores)
Teenage Fanclub por delante. Si esto no es desde
ya un clásico del pop español
de guitarras (de ahora y de siempre) que baje
J de su planeta y lo vea. Más saltos
mortales sin red: "El gallo ventrílocuo"
empieza con Los Brincos jugando a ser The Doors
y acaba con Los Pekenikes en pleno subidón
psicodélico.
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