
A RADIOGRAFÍA
de
Per Fly a la sociedad danesa concluye
con
Drabet (
Manslaughter), último
filme de una trilogía que inició en el año
2000 con
El banco (
The Bench) y prosiguió
con
La herencia (
Inheritance) en 2003. El
primer largometraje fijaba su mirada sobre los indigentes,
el segundo giraba en torno a la alta burguesía industrial,
y en Drabet, los protagonistas pertenecen a la mayoritaria
clase media del país.
La herencia fue el trampolín
internacional para su director tras ser reconocida con el
Premio del Jurado al Mejor Guión en Donostia. En aquel
trabajo, de sobria realización, Fly exhibió
una gran capacidad para adentrarse en las profundidades psicológicas
de unos personajes a los que suele llevar al límite.
La asunción de difíciles responsabilidades al
frente de la declinante empresa familiar, en contra de sus
deseos personales, conducirá a su protagonista, Christoffer
(
Ulrich Thomsen), a la amarga soledad del
ejecutivo implacable.
Fly afirmó en San Sebastián que, en Drabet,
ha querido bucear sobre las consecuencias que acarrean las
mentiras. Pero, como él mismo reconoció, el
filme también cuenta el determinante impacto que
tiene en nuestra vida el peso de la culpa tras haber cometido
actos éticamente reprobables. Y en ella, Fly quiere
dejar bastante claro que no existe fin alguno que pueda
justificar la muerte de un ser humano.
En torno a estos tres pilares temáticos se desarrolla
el argumento de una historia que, como decía, toma
como telón de fondo a la clase media danesa. Carsten
(Jesper Christensen) es un reputado profesor
de instituto de 52 años. Lleva una apacible vida
con su mujer, Nina (Pernilla August), y
ambos tienen un hijo ya adulto, Tobías, que suele
visitarles a casa junto con su novia. En su convencional
vida, la parte más pasional proviene de Pil (Beate
Bille), una antigua alumna con la que mantiene
una relación amorosa. La chica es una joven activista
de izquierdas que comulga con las teorías antiimperialistas
de Carsten, convencido de que las grandes potencias occidentales
impiden el desarrollo de los países pobres para preservar
sus riquezas y liderazgo. Ella cree que no basta con la
mera protesta y decide pasar a la acción como integrante
de un grupo terrorista. Una noche participará en
el robo a una fábrica de armamento, pero ella y sus
otros dos compañeros serán descubiertos. En
su huida, ella asesinará a un policía atropellándolo
con una furgoneta.
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| Sin
ser sublimes, esta película y la
trilogía en general hacen una detallada
disección de una sociedad siempre
tenida por sensata y cívica, pero
que, como cualquier otra, alberga también
comportamientos violentos o amorales |
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A partir de aquí entran en juego los principales
asuntos argumentales de la historia. La desconsolada viuda
del policía, Lisbeth (Charlotte Fich),
exige que la justicia caiga sobre el culpable. Pero, en
el juicio a los tres terroristas, todos se niegan a desvelar
la identidad del responsable y, en ausencia de éste,
sólo serán condenados a tres meses de cárcel
por el asalto a la fábrica. Antes del juicio, Pil
sufrirá un auténtico calvario y, movida por
la presión policial y sus propios remordimientos,
llegará a plantearse la posibilidad de declarar.
Carsten, único sostén de ella durante el presidio,
le convencerá de lo contrario para no arruinar su
vida y la que ambos viven conjuntamente. Cegado por su atracción
a la joven, el reputado profesor no dudará al emprender
una campaña en favor de la inocencia de Pil a pesar
de que eso le conduzca a la ruptura de su matrimonio, que
ahora ve como una farsa, y a ser expulsado del colegio en
el que trabaja.
Pil aguantará hasta el final con la ayuda de Carsten,
quien hará justificación pública del
crimen aludiendo, cínicamente, a los miles de inocentes
que a diario mueren por las armas vendidas a grandes potencias
occidentales. Deciden marcharse a vivir juntos y retomar
la normalidad anterior. Pero Lisbeth, hundida tras ver que
el asesinato de su marido va a quedar impune, no deja de
reclamar justicia. Ella supondrá para Pil y Carsten
un continuo recordatorio del mal cometido y sepultado gracias
al cómplice silencio del profesor.
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| Charlotte
Fich (Lisbeth). |
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Los remordimientos de Pil y Carsten impedirán la
feliz convivencia entre ambos. Les será imposible
seguir adelante y dejar atrás los hechos acaecidos
como si de un mal sueño se tratasen. Finalmente se
separarán y Carsten será entonces consciente
de su complicidad en el asesinato de un hombre inocente
y también de haber arruinado su vida al dejarse llevar
por su pasional relación con Pil. Ella, con más
años por delante, contará con más posibilidades
de anestesiar los recuerdos, pero él quedará
atrapado en la mala conciencia de alguien que mintió
por egoísmo.
Esta última entrega de la trilogía de Fly,
al igual que La herencia, tiene el mérito
de exhibir convincentemente el muestrario de sentimientos
de sus personajes. De entre todos ellos, Jesper
Christensen, un habitual en los trabajos precedentes
de Fly, sobresale por su interpretación del maestro
Caster.
Sin ser sublimes, esta película y la trilogía
en general hacen una detallada disección de una sociedad
siempre tenida por sensata y cívica, pero que, como
cualquier otra, alberga también comportamientos violentos
o amorales.
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