
L TÍTULO
de la película,
7 vírgenes, da también
nombre al enigmático ritual con el que ésta
comienza. Una voz juvenil cuenta segundos hasta llegar al
minuto frente a un espejo, dos velas y siete estampas de vírgenes.
El juego de las “Siete Vírgenes”, como
luego explicará Richi a su inseparable amigo Tano,
le muestra su futuro a quien lo celebra. A Richi (encarnado
por el debutante
Jesús Carroza) le profetizará
algo que sólo cobrará sentido para el espectador
al término del filme.
Tras ese comienzo impactante acompañado por una
rítmica banda sonora, la acción se traslada
a un reformatorio. Tano (Juan José Ballesta)
va a disfrutar de un permiso de 48 horas para asistir a
la boda de su hermano Santacana (Vicente Romero)
después de que éste firme un permiso bajo
tutela. La libertad le dibuja a la cara de Tano una sonrisa
de la que recela Santacana. “Estate tranquilo, ¿te
enteras?, que te veo muy contento. No quiero ni un lío,
¿te enteras?”. Pero el regreso al barrio le
reencontrará con el mundo que dejó atrás
y con Richi, su inseparable compañero de juergas,
robos y peleas callejeras. Al principio, Tano no quiere
involucrase en los líos de Richi. Es consciente de
que su libertad es prestada, y eso le atempera sus ganas
por participar. El juego echará a rodar al final,
y Tano no se mantendrá al margen.
Pero las cosas ya no son como antes. Su hermano, con una
indisimulada cara de amargura, parece aterrado por una boda
de la que no está seguro y que supone el pasaporte
para la anodina vida convencional de la que Tano, Richi
y otros como ellos se mofan. Su relación con su novia
Patri (Alba Rodríguez) tampoco es la de antes
y en el barrio corren aires distintos. Tano vivirá
intensamente esos dos días, pero, por dentro, ya
no se divierte, ama o juega con la inconsciencia de otras
veces. La madurez, como aseguran en la sinopsis los responsables
de la película, se le viene encima.
Este tercer trabajo del sevillano Alberto Rodríguez
es un fiel testimonio de la vida que llevan algunos adolescentes
en los barrios marginales de las grandes ciudades. El acento
sevillano de sus protagonistas, todos ellos actores sin
experiencia previa seleccionados en un multitudinario casting,
ubica la historia en una ciudad andaluza sin especificar
en la cinta. Y pese a que sorprendan la precocidad de estos
jóvenes para todo —amar, delinquir o drogarse—
Rodríguez sostiene que la realidad, conocida por
él mismo de primera mano, es mucho más dura
de lo que muestra la película.
El trabajo está bien rodado, las escenas de acción
bien resueltas, cuenta con algún plano meritorio,
pero la historia suena a ya vista. Se agradece que la película
no concluya con moralejas o la típica lección
de vida que obre la conversión del protagonista en
un buen chico. No obstante, creo que la película
no aporta un valor añadido o un matiz distinto a
la larga lista de títulos nacionales sobre jóvenes
inadaptados de vida callejera. Pero sí me quedo con
la idea subyacente de todo el argumento: “Vivir es
lo único que importa”.
|