
OR FORTUNA,
directores ajenos a las normas del negocio como
Jim Jarmusch
siguen apostando por los mejores actores y actrices americanos,
figuren o no éstos en las volátiles modas hollywoodienses.
Y gracias a esta premisa donde el arte se antepone a la ineludible
industria, el espectador vuelve a disfrutar de otra lección
del inagotable talento de
Bill Murray en la última
obra de Jarmusch:
Broken Flowers (
Flores rotas).
Pero además de reencontrarnos con el mejor Murray,
el director de Ohio también recupera en su filme a
grandes actrices arrinconadas por el cruel peso de la edad:
Sharon Stone, Frances Conroy, Jessica Lange, Julie Delpy
o
Tilda Swinton. En sus diferentes papeles secundarios,
cada una luce espléndida como antigua novia del don
Juan que siempre fue Don Johnston (Murray).
La historia de este hombre, cuyo nombre en la cinta se
presta al inevitable choteo con el del actor de Corrupción
en Miami, es la de un cincuentón enriquecido
por sus éxitos en la industria informática
que, a pesar de su grueso historial de novias, no ha terminado
por sentar la cabeza con ninguna de ellas y formar una familia.
En ausencia de ésta, él vive integrado como
un miembro más de la de su vecino y gran amigo Winston
(Jeffrey Wright). Johnston se une a las actividades
de la vida cotidiana de Winston, su esposa y sus cincos
hijos con la naturalidad que lo haría un tío.
Así, en sustitución del calor de hogar ausente
en su lujosa mansión, de la que se acaba de marchar
su última ex, Sherry (Julie Delpy), Johnston acude
a la comida dominical de la familia Winston, charla sobre
cualquier trivialidad con el cabeza de familia y su mujer
o juega con la numerosa prole de ambos.
Después de irse Sherry, Johnston vuelve a afrontar
una nueva etapa solitaria que quizá ya no le sea
tan fácil suplir acudiendo a sus habilidades seductoras.
El patetismo de su soledad resulta de lo más tragicómico
al ver la mirada pérdida de Murray frente a una enorme
pantalla plana de televisión apagada. Y dada su riqueza
súbitamente adquirida en un golpe de suerte logrado
en una industria por la que parece haber perdido todo interés
(ni siquiera tiene un PC en casa), su día a día
consiste en sentarse en su sofá vestido siempre de
chándal, visitar a los Winston, volver a casa y aguardar
a que el sueño le venza hasta levantarse, a cualquier
hora del siguiente día, con la arrugas de los cojines
del sofá marcadas en su cara.
Pero, inopinadamente, el juguetón destino le sacudirá
su vida en estado cuasi vegetativo. Una carta de una novia
del pasado le anuncia que tuvo con él un hijo que
ahora, a sus 19 años, podría estar buscándole
para conocerle. El parsimonioso Johnston, en vista de que
la carta no tiene remitente ni ningún dato añadido
para identificar a su autora, prefiere pensar en una broma
pesada de alguna ex cabreada. Pero Winston, excitado por
su afición a los misterios y a las novelas de este
género, decide espolear a su vecino hasta la insistencia
para conocer si verdaderamente tiene un hijo y con qué
novia de hace 20 años pudo haberlo tenido.
A regañadientes, Don Johnston emprenderá
un viaje que tendrá tantas paradas como novias tuvo
él hacia los años 70, período de amoríos
del pasado sobre el que el sabueso Winston propone centrar
la investigación. En la mayoría de casos,
el recuerdo del período de juventud compartido con
ellas —casi siempre idealizado— se verá
chafado por la realidad que cada una de ellas vive en la
actualidad. Y esa vuelta al pasado a través de las
visitas a sus ex le sirve también para reflexionar
sobre qué vida lleva él ahora o la que, hipotéticamente,
podría haber llevado si ahora hubiese seguido unido
a cada una de ellas. La ardiente Laura (Sharon Stone) es
la viuda de un piloto de carreras y la madre de Lolita,
una adolescente con una precocidad sexual muy apropiada
para su elocuente nombre. Dora (Frances Conroy), antigua
hippy militante en la etapa compartida con Johnston, vive
ahora una vida gris de apariencia perfecta como socia de
la exitosa inmobiliaria que codirige con su marido, un hombre
petulante sólo preocupado por sus logros profesionales,
entre los que incluye, como un proyecto más, a su
esposa. Carmen (Jessica Lange) parece una calculadora mujer
que, increíblemente, se gana la vida, y muy bien,
como “comunicadora” de animales. Parece renegar
de los hombres, por lo que mantiene una relación
con la bella secretaria de su consulta (Chloë Sevigny).
Y Penny (Tilda Swinton) vive en medio de un bosque perdido
de la América sureña más profunda junto
a una banda de moteros. Las formas poco educadas y violentas
de sus colegas parecen habérsele añadido a
su personalidad.
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| Además
de humor, la película también
ofrece un interesante discurso en el que
la vida se muestra como un viaje en el que
las experiencias, buenas o malas, son siempre
sorprendentes y nos terminan por cambiar
en uno u otro sentido |
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El viaje, por tanto, es una concatenación de sorpresas
para Johnston, quien no perderá su pose silente y
estática a lo largo de todo el filme pese al rosario
de extrañas experiencias vividas. Y de la hierática
interpretación que hace Murray de su personaje en
contraste, por ejemplo, con el inquieto Winston emana mucho
del humor contenido en esta cinta. Aunque, además
de humor, la película también ofrece un interesante
discurso en el que la vida se muestra como un viaje en el
que las experiencias, buenas o malas, son siempre sorprendentes
y nos terminan por cambiar en uno u otro sentido. Y aunque
la cinta no pretende aleccionar sobre nada concreto, una
de las frases postreras de Johnston encierran una sabia
recomendación: “El pasado se ha ido, el futuro
no está aquí y no lo puedo controlar, así
que supongo que este es lo único que hay”.
Como dice Jarmusch respecto a este frase, “si eres
capaz de vivir así, eres un jodido maestro Zen. Es
muy fácil de decir y muy difícil de hacer”.
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