Me imagino que en todo creador, sea del arte que sea, habita una ansiada
aspiración de que su obra tenga un sello propio y diferenciador.
En el cine actual, pocos directores como
Wong Kar-wai han sabido
imprimir a sus películas unas huellas estéticas y narrativas
tan personales y reconocibles a un tiempo. Pese a que él no esconde
sus influencias (
Truffaut,
Fassbinder o el tan presente
Antonioni,
como él reconoce, en esta
2046), Wong Kar-wai dota a sus
películas de ese punto de vista particular y pausado que siempre
ha destilado el buen cine oriental. Tampoco él se olvida de referencias
muy personales, como el Hong Kong de los 60 de su infancia en el que la
música latina inundaba la vida de los
night club. Con éstos
y otros elementos presentes en su bagaje creativo, Kar-wai ha conseguido
en los últimos años, desde su debut en 1988 con
As tears
go by, crear un cine de corte esteticista en el que casi siempre están
presentes los mismos temas: los amores imposibles, la soledad, la nostalgia,
y el en envés de éstos: la necesidad vital de amar, de abandonar
el presidio de la soledad.
Lo que hacen distintas sus películas a las del resto de cineastas
de hoy es el cómo, la forma utilizada para desarrollar estos asuntos
universales. Música, encuadres desde ángulos escondidos,
fotografía, vestuario, decorados y demás elementos fílmicos
están al servicio de una lírica narración audiovisual.
Y al igual que la poesía se diferencia de la prosa por su lenguaje
sugerente, rítmico y pleno de significado, este cineasta nacido
en Shanghai se aparta de las convenciones actuales y rueda sus historias
con un gusto estético del que resulta una belleza plástica
pocas veces vista en el cine. Es decir, Kar-wai hace poesía en 35
milímetros. Y lejos de entorpecer la compresión de sus obras,
su personal estilo retroalimenta la melancolía, la pasión,
la soledad, la felicidad o la tristeza por la que pasan sus personajes
en cada momento. Por tanto, su apuesta formal en ningún modo desvirtúa
las ideas esenciales que pretende trasmitir en un guión que, como
él mismo dice, usa a modo de bosquejo. “Yo apenas utilizo un guión
—reconoce—, tomo notas y luego hablo mucho con los actores, de la película
y de la historia que quiero contar”. Sin embargo, las secuencias y planos
sí nacen ya sedimentados en la mente del director antes de que trence
la historia. “Cuando escribo tengo la música en la cabeza, los boleros
siempre están al principio”.
Y tiene su lógica, porque su atinada selección musical
es la que aporta a cada una de las secuencias una fuerza expresiva única,
convirtiéndolas en todo un placer contemplativo. A ese placer ya
se pudo asistir en la genial In the mood for love cuando la cámara,
partiendo desde encuadres espías, sigue los sensuales movimientos
ralentizados de los actores, que casi bambolean al compás de los
bellos temas de Shigeru Umebayashi. “A los espectadores les invito
a bailar con los personajes”, dice Kar-wai. La inclusión de clásicos
de la música latina, latentes en la infancia del cineasta, encaja
con la permanente vocación estética y sintoniza con el hilo
argumental de la propia historia, además de evocar su contexto real.
¿O no eran siempre oportunas las apariciones del Quizás,
quizás, quizás cantado por Nat King Cole en las
secuencias de Deseando amar? En 2046, película cuyo
argumento envuelve al de su predecesora, las músicas y los boleros
son usados con esa misma intención.
Con este filme se cierra una historia cuyo desarrollo se inició
en Days of being wild (1991) y continuó en In the mood
for love (2000). En todas ellas, el señor Chow es el protagonista
y es interpretado por Tony Leung, un habitual en el cine de Wong.
Este personaje, de elementos comunes en las tres películas, presenta
matices distintos en cada una de ellas. Seductor consumado, este periodista
y escritor vive ahora lastrado por el frustrante recuerdo del amor imposible
vivido en In the mood… De hecho, en esta 2046, Chow no deja de buscar
sustitutas de la Su Li Zhen de 1962, la misteriosa mujer a la verdaderamente
amó y cuya onírica presencia se evoca en las breves y contadas
apariciones de la bella Maggie Cheung. In the mood… arranca
en 1962 y 2046 toma su testigo en 1966. Chow es ahora un hombre
abandonado a la vida bohemia y errante, dispuesto a hacer colaboraciones
periodísticas mediocres con tal de que su sueldo pueda cubrir sus
gastos: el alquiler de su pensión y su cotidiana vida nocturna en
la que frecuenta la compañía de las bellas prostitutas (cocottes)
de los clubes de Hong Kong. Tras su huida a Singapur para olvidar su pretérita
y persecutoria historia de amor, su regreso a la ciudad en la que vivió
todo aquello reavivará el doloroso recuerdo de lo que pudo ser y
finalmente no fue. Chow buscará a su regreso sustitutas de esa mujer,
pero siempre sin éxito. Vivirá distintas historias de amor
discontinuo con mujeres, solitarias como él, que nunca suplantarán
a su verdadero amor: unas, porque no le aman realmente y él, en
esencia, tampoco (como la Su Li Zhen actual interpretada por Gong Li);
y otras, porque sí le aman pero él, consciente de sus propios
sentimientos, no las puede corresponder (caso de la Bai Ling a la que da
vida Zhang Ziyi).
Enclaustrado en la habitación 2047, Chow no deja de revisitar
y espiar la 2046, aquel lugar en el que quedó alojado su amor frustrado.
El número de la habitación lo toma como título para
un relato a cuya compulsiva escritura se dedica confinado en su habitación.
En su novela, un tren partía hacia el año 2046 y todos sus
pasajeros se montaban en él con el anhelo de recuperar su memoria
perdida, pues se decía que en ese año nada cambiaría.
Pero nadie sabía si eso era cierto, pues nadie había sido
capaz de volver de allí excepto un viajero, el propio Chow, que
estuvo allí y eligió marcharse. Él quería cambiar.
En ese continuo viaje, metáfora de los incompletos amores que vive
en 1966, las mujeres reales con las que sale en los sesenta son representadas
como robots con unas deficiencias para enamorarse de él que, en
realidad, no son tales: pues el problema reside en Chow, que no las ama
y ellas lo captan así. A mi juicio, ese mundo futuro tan bien recreado
y diferenciado de los míticos 60, guarda ciertas similitudes con
el que ya creara genialmente Ridley Scott en su obra de ciencia-ficción
de culto: Blade Runner. Cuando veo a las complacientes robots de
2046, me viene a la memoria la imagen de la replicante que,
en su momento, interpretara Sean Young para el filme de Scott. Incluso
las futuristas ciudades de Wong y Scott muestran también algunas
semejanzas.
El número 2046, cuyo valor simbólico nace en In the
mood…, puesto que es el número de la habitación donde
vivieron su historia Chow y Shu Li Zen, alude también a una anécdota
personal del propio Wong Kar-wai. En las notas de producción de
esta película, el director de Hong Kong explica su significado.
Y cuenta que en 1997, cuando la región de Hong Kong y sus islas
(ex colonias británicas), volvieron al control chino, el Gobierno
popular de Pekín prometió que durante 50 años todo
permanecería inalterado allí: Hong Kong mantendría
sus derechos y libertades, su modo de vida, su autonomía judicial
y su naturaleza capitalista como centro financiero y comercial internacional.
Aquella promesa, famosa por la simbólica frase de “un país,
dos sistemas”, le fascinó a Wong y, más aún, el año
hasta el que ésta permanecería vigente: el 2046. A renglón
seguido, él comenzó a pensar sobre qué cosas permanecen
realmente inmutables en este mundo. Y llegó a la conclusión
de que, cuando amamos a alguien, siempre flota en nuestra subconsciente
una pregunta: ¿el otro/a nos será siempre fiel?; ¿lo
seremos nosotros mismos? Wong lo explica así: “Cuando el Gobierno
de China prometió 50 años sin cambios, pensé que debía
hacer una película sobre las promesas, sobre cómo las cosas
pueden permanecer sin cambios durante toda la vida”. Por tanto, su historia
de amor ya tenía título.
2046 es la culminación de un meticuloso trabajo de orfebrería
fílmica de más de cuatro años. Con ella, apoyado en
un punto de vista futurista, Wong vuelve a introducir una variante estética
y narrativa más en su cine, de una temática perenne admitida
por él mismo cuando afirma que siempre habla de la misma gente,
aquella “que mira por la ventana lo que hacen los demás para robarles
así algo de vida”. Precisamente es lo que Wong hace con su peculiar
colocación de la cámara, situada en ángulos complejos,
intentado espiar a sus personajes mientras hablan, ríen, lloran,
hacen el amor y, en últimas instancia, aman o lo intentan. Sean
o no correspondidos.