 |
Domingo, 29 de agosto de 2004
|
OPINIÓN
Crítica de CINE
Bendita juventud
por Matías Cobo
La cartelera estival suele ser un escaparate habitual para el producto ‘yankee’ de calidad escasa, de tortazo pirotécnico-digital y de historias insustanciales fácilmente digeribles. ‘Fast food’ fílmico, en esencia. Raras veces aparecen en estas fechas pelis bien rodadas, con interpretaciones dignas y guiones de buena factura. Tiene su lógica: la pasarela ‘hollywoodense’ de los Oscar —un referente que no siempre premia con justicia la calidad— aún queda lejana para que las favoritas descubran ya sus cartas de cara a las preciadas estatuillas. Sin embargo, por los caprichos de las dispares fechas de distribución de determinados filmes, a veces llegan a nuestras salas estrenos de calidad insospechada que son auténticos oasis entre el sopor y la mediocridad veraniega. Ése es el caso de La mejor juventud, una gran película italiana que ha llegado a nuestro país tardíamente y casi de tapadillo (en Madrid sólo se proyecta en una sala en versión original), pero que, en Italia y en el resto del circuito europeo, fue agasajada en su momento con un buen ramillete de galardones.
Premios al margen, la calidad de esta peli se sustenta en un guión bien elaborado, unas interpretaciones más que correctas y en un resultado final que, en su conjunto, es de destacar por su honestidad. La mejor juventud, primera parte de una historia dividida en dos filmes, narra el transitar por la vida de una familia italiana de clase media que arranca en los románticos años sesenta y que concluye en nuestros días. En esta primera entrega, el relato pivota en torno a las vidas de los dos hermanos de la familia Carati, Nicola y Matteo. Pese a compartir ambos las mismos sueños e ilusiones de juventud, extrañamente, la vida de los dos discurre por caminos que no sólo son distintos sino que, en muchos aspectos, también antagónicos. Sin embargo, desde el principio se establecen sutiles aunque claras diferencias entre sus personalidades. Al comienzo de la historia, Nicola y Matteo son dos jóvenes universitarios de inquietudes intelectuales comunes y, en apariencia, con estilos de diversión semejantes. Pero mientras Nicola es un entusiasta joven extrovertido y abierto a saborear las sugerentes experiencias de los briosos años 60, Matteo siempre exhibe un rastro de melancolía en la mirada, un escepticismo vital que deriva hacia una pose críptica tras la que se esconde un torrente de sentimientos y sufrimientos interiores autocontenidos. No es que uno sea el clásico y vivaracho joven simplón pero culto, y el otro, a su vez, el típico engreído intelectual distante de una realidad que le sabe a poco. Ambos representan cada uno a personas algo más complejas que, a lo largo de la película, creo que se llegan a entender y a perfilar con acierto. En esencia, la película habla aquí de que, a pesar de que se compartan la educación familiar o ambientes sociales comunes, son las decisiones tomadas por cada uno en la juventud las que, a la postre, determinarán cómo viviremos luego el resto de nuestra vida.
Al encuadrarse la historia en una años de una impronta tan singular, Marco Tullio Giordana aborda en su obra asuntos inevitables. Entre otros, se habla de las ilusiones con las que la juventud de los 60 vivió una década marcada por las revueltas estudiantiles de corte pacifista contra los poderes económicos y políticos establecidos, en unos años en los que la militancia en ideales como el amor libre y el retorno al ‘buen salvaje’ eran moneda común. Sin embargo, Giordana también da testimonio de las contradicciones en las que a veces cayó aquella generación en su afán contestatario, ya que era una paradoja conceptual enarbolar la bandera de la paz contra el belicoso poder de entonces y luego acudir al recurso de la violencia para hacerse oír. De ahí que en el filme se cuenten de soslayo las actividades armadas de Las Brigadas Rojas. Pese a todo, pienso que este retrato de una juventud espoleada por una fe ciega en su capacidad para cambiar a mejor un mundo que le disgustaba, en contraste con la apatía social de hoy, nos pone en evidencia a los jóvenes actuales, más preocupados por el enriquecimiento rápido e individual que nos permita engrosar con celeridad la implacable rueda del consumismo. Quizá sea por eso, o simplemente porque él pertenece a esa generación, por lo que el director italiano haya titulado su obra así, como ‘La meglio gioventù’. Evidentemente, conforme avanza cronológicamente en su relato, creo que la película pretende llegar a la siguiente conclusión: algunos de esos jóvenes (caso de Nicola), sin abdicar en su totalidad de sus idearios primigenios, sí supieron canalizar éstos hacia la mejora de su realidades más próximas —ya sea en la propia familia o en la lucha contra las injusticias circundantes—; en tanto que otros (caso del amigo de la familia, Carlo Tommasi) se plegaron al sistema con la ilusoria idea de intentar cambiarlo desde dentro; también están quienes adoptaron medios erróneos que ensuciaban sus loables fines iniciales (Giulia, la esposa de Nicola, se involucra en la lucha armada).
En la película también se hace un canto en favor de la familia como un rincón acogedor al que siempre se puede acudir en los momentos difíciles. Aunque cada uno de los cuatro hijos de los Carati siga su camino por derroteros muy distintos, ellos saben que perennemente cuentan con un refugio en la figura de sus dos padres (encarnados magistralmente por Adriana Tasti y Andrea Tizona), cuyas vidas, como la de mayoría de los buenos padres, siempre estuvo encaminada a educar con juicio sensato a sus hijos. Precisamente a causa de esa envidiable unidad con la que vive esta familia, unos de los pasajes más dramáticos de la película quizá sea aquel en el que la madre y sus hijos descubren que el padre les oculta una grave enfermedad degenerativa que, en poco tiempo, acabará con su vida. Paralelamente, también se ensalza la amistad verdadera, aquella forjada en las juergas y en el sinnúmero de momentos compartidos pero que, al ser auténtica y, por tanto, perdurable, aflora en los tragos más amargos.
Otro de los temas epocales que narra la película es el habitual maltrato al que se sometía a los enfermos mentales de aquel entonces en las instituciones psiquiátricas, auténticos hospitales del terror dedicados más al castigo y confinamiento vitalicio del enfermo que a su rehabilitación. De hecho, a raíz de una experiencia juvenil que comparten Nicola y Matteo con una de estas enfermas maltratadas, el primero, ya como psiquiatra, decide consagrar parte de su vida a evitar que las crueles prácticas de estos manicomios cuenten con la connivencia legal propia de esos años. Por otro lado, esta bella enferma, conocida como Giorgia, establecerá un curioso nexo de unión entre ambos hermanos.
En La mejor juventud, uno de los grandes aciertos del director y los guionistas reside en saber mantener en todo momento el interés a lo largo de un metraje de más de dos horas y media; algo no siempre fácil de conseguir en una película de esta naturaleza, pues la línea que separa el tostón soporífero del éxito es muy delgada en estos casos. También consiguen solventar con eficacia las lógicas dificultades derivadas de abarcar con su relato un espacio de tiempo tan largo (esta primera parte arranca en 1966 y concluye en la década de los 80) en el que se deben mostrar las evoluciones y los cambios de unos personajes cuya historia común se inicia en un punto de partida muy remoto. El uso de los mismos actores para toda la historia, sin acudir a otros intérpretes que caractericen cada etapa de sus respectivas edades, es un acierto porque, de este modo, es más fácil lograr la identificación del espectador con esos personajes a lo largo de sus distintas vicisitudes. Otro acierto de los guionistas es su atinada selección de los pasajes que se cuentan tanto de la vida de Matteo como de la de Nicola, así como de las del resto de personajes (los padres, los amigos…). Se evita una acumulación de información que habría terminado por convertir la película en un rompecabezas indescifrable. Por eso, al dosificar con inteligencia la información, cada secuencia está plenamente justificada en tanto que va cincelando pequeños detalles básicos para comprender la evolución personal de los dos protagonistas.
La presencia de la banda sonora, trufada con canciones muy elocuentes de la Italia de aquellos años, como el ‘A chi’ de Fausto Leali, no es especialmente significativa. En los pasajes más dramáticos se hace un uso recurrente de una pieza melódica que rubrica bien esos instantes, mientras que las secuencias de intriga cuentan con un acompañamiento sonoro flojo y prescindible. La fotografía consigue con bastante acierto evocar aquellos años y aquella Italia. Cuando la acción se traslada a Noruega se logra establecer una perceptible diferencia con el tono gráfico empleado hasta entonces, y luego se vuelve a ese mismo tono pastel capaz de sugerir con verosimilitud la Italia de los sesenta y setenta.
En definitiva, La mejor juventud es una de esas ‘rara avis’ que a veces se hallan en el raquítico panorama estival y que consiguen congratular al espectador con bellas historias cercanas, exentas de artificio tecnológico alguno y narradas desde los registros del cine más clásico. Si por alguno de estos afortunados azares que a veces nos depara la vida se topa con ella, vaya a verla sin dudar. Creo que no le defraudará.
|
 |
|