OPINIÓN Crítica de CINE Oda a la familia por Matías Cobo
Esta segunda entrega retoma el relato de la vida de la familia Carati donde se quedó la primera: en el verano de 1982. De nuevo, el fútbol aparece como exponente vital de la Italia de entonces. Mientras la selección azzurri vence en el Mundial de España, la vida de nuestros protagonistas discurre por otros derroteros bastante ajenos a la felicidad nacional de esos días. Giulia, aquella joven que enamoró a Nicola en unos entusiastas años 60 en los que la lucha por unos ideales relegaba todo —incluso la propia vida personal— a un segundo plano, ha redoblado su implicación en la opción armada como integrante de las Brigadas Rojas. El críptico y doliente Matteo va a reecontrarse con una chica (Mirella) a la que conoció fugazmente en la primera parte. El personaje de Matteo resulta desconcertante y fascinante al mismo tiempo: culto, sentimental, educado y, pese a ello, prefiere encerrarse en su universo interior, sufrir y autodestruirse por un mundo injusto que siempre le ha defraudado, acatar órdenes sin más como detective de policía, un trabajo usado como coraza que le exime de conciliarse con la sociedad y le posibilita vivir apartado de ella. Claro que la Italia de aquellos años, como se nos contará de soslayo, mientras la película habla de lo que les ocurre a sus protagonistas, no invita precisamente al optimismo: corrupción, la mafia incrustada en la política, terrorismo, asesinatos de jueces… configuran el panorama de la vida pública italiana de entonces. Obviamente, a Nicola, a Matteo y a todos aquellos jóvenes vitalistas de los sesenta, la realidad les golpeó muy duro en sus ilusiones e ideales pretéritos. Pero la vida, para unos y otros, siguió irremediablemente. Nicola, en ausencia de Giulia, se hace cargo de la educación y cuidado de Sara, la hija de ambos. Al contrario que su hermano Matteo, Nicola sí supo amoldarse a las situaciones duras, supo seguir viviendo pese a que la vida le deparase malos momentos que no le invitaban precisamente a eso. Y pienso que a Matteo le habría gustado ser capaz de hacer lo mismo, de obviar todo lo malo que ocurre en derredor de sus vidas y, simplemente, amar a quienes tenga más cerca. Pero Matteo, con su sensibilidad exacerbada, se niega a vivir o no es capaz de hacerlo, mientras que Nicola apuesta por la vida y por la gente. De alguna manera, los dos hermanos representan cada uno dos actitudes posibles ante la vida: vivirla o renunciar a ella y a lo bueno que ésta pueda depararnos. La madre de ambos, Adriana, también sigue su camino a pesar del vacío dejado por su marido, muerto presa de una enfermedad degenerativa durante la primera entrega. Pero ella sigue como protectora de todos sus hijos y nietos, encuentra en ellos el resuello para seguir existiendo, para seguir amando. Ese coraje materno reincide en uno de los principales temas presentes en ambas entregas de la película: la familia como recurrente refugio al que acudir siempre que se necesite. Si la mítica saga de los Corleone ya abordaba este tema, aunque lo tratara de forma distinta en virtud de la naturaleza mafiosa de esta familia italiana, la historia de los Carati es, en gran parte, un bello y espléndido canto a favor de la familia. Así, ambas cintas coinciden al retratar la crucial importancia que tiene la familia en la sociedad italiana y, por extensión, en las latino-mediterráneas. Al término de más de seis horas de metraje entre ambos filmes, el espectador se hace partícipe de lo vivido por los Carati, de sus alegrías y penas, de todas sus experiencias en definitiva. Y quizá ahí resida la virtud del trabajo dirigido por Marco Tullio Giordana, pues no es fácil conseguir emocionar con un relato largo y honesto de la vida de unos personajes que hacen cosas muy mundanas y que pasan por las mismas situaciones que cualquier espectador: se casan, mueren, juegan al monopoli, ríen, lloran, tienen hijos, se enamoran, estudian, trabajan, se divierten… Después de tanto tiempo de gozoso visionado frente a la pantalla del cine, es inevitable que se les tome cariño a unos personajes tan humanos, tan auténticos. La verdadera amistad, aquella que perdura al margen del paso del tiempo o de las distancias, vuelve a ser ensalzada en esta segunda entrega. Carlo Tommasi, Berto o Luigino son algunos de los amigos que acompañan a Nicola y Matteo en sus respectivas vidas durante casi todo el relato: para festejar cuando se tercie y para apoyarles cuando toque llorar. De entre los temas del trasfondo histórico, en esta segunda parte se narra cómo los italianos de aquellos años se resignan primero (en los 80) a convivir con la corrupción política, con la mafia y con otros tantos asuntos turbios, para luego (en los 90) pasar a acostumbrarse a ellos, a verlos con desencanto como si formasen parte del ambiente que les rodea. En los 60 y 70, la película está llena de un utópico optimismo juvenil que pretende hacer un mundo mejor, mientras que en el relato actual, ante la imposibilidad de cambiar un mundo tan gris y áspero, sólo cabe hacer pequeñas revoluciones en el ámbito más próximo, entre los nuestros, para que, así, la vida no sea ni parezca tan cruel. Giorgia, aquella enferma mental que pasó decisivamente por las vidas de Nicola y Matteo, vuelve a aparecer en esta parte. Ahora, ya casi restablecida de su enfermedad, deberá afrontar el difícil reto de vivir por su cuenta, lejos de las protectoras paredes del centro psiquiátrico donde, durante años, ha vivido arropada por el doctor Nicola. Impulsada por éste, la misteriosa Giorgia será capaz de reemprender su vida en solitario. La fotografía de esta cinta no hace grandes alteraciones estéticas respecto a su primera entrega, a pesar de que los sucesivos cambios de década quizá sí lo aconsejaran. Al igual que la caracterización de algunos personajes con edades más avanzadas, que flaquea un tanto, debiera haberse adecuado mejor al paso del tiempo. Por ejemplo, el Nicola con 50 años se parece en demasía al que, en la década de los 60, era un aún joven que bordeaba los 30. La banda sonora original exhibe una correcta melodía dramática usada en varios pasajes de ambas entregas. La gran diferencia en la música estriba en que ahora se usan canciones más propias de los 80 y 90. Así, los títulos de crédito iniciales de esta parte arrancan con el Who wants to live forever de Queen. Una canción que, en su letra, coincide con una idea empleada en esta segunda entrega: “¿Quién quiere vivir para siempre? (…), si este mundo nos tiene deparado sólo un dulce momento”; o cuando dice: “¿Quién se atreve a amar para siempre? Oh, cuando el amor debe morir”. Seguramente, Matteo tendría mucho que decir a este respecto.
La mejor juventud, una película divida en dos entregas por razón de su largo metraje, llega con su narración hasta nuestros días y formula este sencillo corolario final: la vida es cíclica, en ella unas personas toman el testigo de otras, y aunque sólo sea por algunos escasos momentos de felicidad, merece la pena vivirla con intensidad. |
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