Miércoles, 28 de julio 2004
El azote de Bush
por Matías Cobo
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TÍTULO: Fahrenheit 9/11
TÍTULO ORIGINAL: Fahrenheit 9/11
GÉNERO: Documental
DIRECCIÓN: Michael Moore
GUIÓN: Michael Moore
FOTOGRAFÍA: Mike Desjarlais
MÚSICA: Jeff Gibbs
MONTAJE: Kurt Engfehr, Christopher Seward, T. Woody Richman
PAÍS: Estados Unidos (2004)
DURACIÓN: 116 minutos
WEB: www.fahrenheit911.com
DISTRIBUIDORA: Alta Films
FECHA DE ESTRENO EN ESPAÑA: 23 de julio de 2004 |
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| Bush es, sin duda, el villano perfecto para construir un guión de demonización del antagonista con el que la mayoría de espectadores dotados de un mínimo sentido común comulgaría |
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UCHOS DE los guiones cinematográficos, y en especial los que narran historias producidas en EE UU, están concebidos con una plana estructura maniquea en la que el protagonista-héroe se enfrenta a un malévolo antagonista. Aunque la escala de calidades alcanzadas sea muy distinta al rodar historias bajo este patrón (no es lo mismo Stars Wars que Comando), en general, el uso del mismo suele asegurar ciertas dosis de éxito. Michael Moore es consciente de esta elemental regla del guión clásico y sabe hacer uso de ella en sus documentales. Por eso, en Fahrenheit 9/11, Moore se limita a sacar partido de un personaje como el presidente George W. Bush, un palurdo que concita la antipatía y el odio de gran parte del planeta debido a su rosario de errores y de medidas contraproducentes para la seguridad de los habitantes del orbe terrestre. Bush es, sin duda, el villano perfecto para construir un guión de demonización del antagonista con el que la mayoría de espectadores dotados de un mínimo sentido común comulgaría. ¿Y quién sería el héroe que lucha contra el tirano mundial? Ante esta pregunta, el grupo de oposición al cineasta (que se dan cita en webs como www.bowlingfortruth.com) afirmaría que Moore es quien asume ese papel para mayor gloria de sus cuentas bancarias y fama mundial.
Estas polémicas, lejos de influir negativamente en la distribución de la película, han avivado el interés de los espectadores por asistir a un visionado necesario y recomendable. En Europa, el gremio del cine también lo tuvo claro y se decantó por el bando de Moore, a quien ha
premiado con la Palma de Oro de Cannes. Así, a golpe de documentales contra los poderes económicos y políticos de su país, este orondo americano natural de Flint (Michigan) ha sabido granjearse el respeto del cine y alcanzar cifras taquilleras inéditas para el género del documental.
Al igual que ya hiciera en Bowling for Columbine, Moore combina a la perfección el uso de emotivas historias personales, que consiguen la empatía del público, con escalofriantes y reveladores datos que apuntalan las tesis del filme. Y esa convincente mezcla Moore la adereza con un irónico sentido del humor que ameniza la historia contada. De hecho, el propio Moore no deslinda su obra del cine palomitero. En una entrevista, tras ser preguntado sobre si su película podría propiciar la derrota de Bush en los próximos comicios, contestó: “Eso espero”, aunque “todo lo que sé por ahora es que se están vendiendo muchas palomitas de maíz”. La banda sonora, las impagables imágenes de Bush haciendo el lelo o el capítulo final protagonizado por el propio Moore inciden en ese tono satírico.
Pero Moore no descuida las investigaciones que sustentan su discurso. La película arranca con el relato del fraude electoral urdido en Florida para que Bush accediera a la Casa Blanca. Desde esa primera mofa al sistema democrático en el país considerado cuna del mismo, desde ese primer pecado original, la escalada de actos corruptos de la Administración Bush se agiganta exponencialmente. Y Moore salpica su relato con las distintas atrocidades cometidas impunemente por Bush y su grupo de adinerados amigotes apoyados en la poltrona presidencial. Se cuentan los enraizados vínculos existentes entre las familias Bin Laden y Bush, una fructífera relación mercantil de la que unos y otros han sacado un recíproco beneficio durante años. Escalofriantes resultan la extraña protección dispensada a miembros de la familia Bin Laden en las horas posteriores a los atentados del 11-S y el mantenimiento, por parte del Gobierno americano, de vínculos con altos mandatarios saudíes y líderes talibanes. Pero ahí no queda la cosa. Moore abunda en un tema que es ya de dominio público: la guerra de Irak se sustentó en una sarta de mentiras porque Bush quería buscar un chivo expiatorio para los atentados del 11-S. El negocio que la guerra y la reconstrucción de Irak han representado para algunas empresas del círculo de amigos de Bush también los emplea Moore en su argumentario. Por otro lado, el director reincide en una interesante reflexión ya expresada en su anterior trabajo: la estimulación interesada que los medios más sensacionalistas del país hacen de los sentimientos de miedo e inseguridad de la población.
A Moore se le podrá acusar de panfletario o egocéntrico, pero, de momento, ninguno de los personajes ridiculizados y acusados de delictivos comportamientos en sus películas ha enfilado el camino del tribunal para desmentir al cineasta. ¿Será que dice la verdad? No lo sé, pero lo que sí es que esa verdad sintoniza con mucha gente y le ha aupado a un estatus de líder de opinión. Sin embargo, sí se le puede criticar a Moore una selección un tanto tendenciosa de los hechos que vitupera en sus películas. ¿Por qué no habla del inmoral apoyo de EE UU a las tropelías cometidas por el Gobierno de Israel? ¿Por qué se silencia el pertinaz olvido de las distintas Administraciones americanas —no sólo la de Bush— a salvajes guerras vigentes aún en países como Sudán? Me imagino que denunciar tales situaciones quizá ya no le haría gozar a Moore de un apoyo tan mayoritario entre la sociedad americana. Pero no se puede ser un auténtico guerrero del antifaz únicamente para las causas que reporten dólares y gloria personal.
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