ON EL subtítulo de ‘Cultura bizarra para brutos mecánicos’, esta antología recoge una selección de artículos, publicados a lo largo de 10 años, del fanzine más influyente de los que han salido en nuestro país en la última década. Un compendio de los saberes más peregrinos, un tocho de una densidad enciclopédica extraordinariamente documentado (lástima que no hayan podido incluirse las fotos que tanto me azoran cuando lo ojeo furtivamente en el metro) y, sobre todo, soberbiamente escrito. ¡Pero si hasta mi padre me ha echado en cara en más de una ocasión perder el tiempo leyéndolo, en vez de hacer algo de provecho! ¿Eso no es prueba suficiente de que Mondo Brutto es guay?
Plagiado sin pudor durante años por ‘El País de las Tentaciones’ (cuando los redactores de este suplemento ‘chachi piruli’ de tendencias aún se enteraban de algo), espejo y génesis de incontables fanzines y fuente de inspiración de periodistas que van de enteradillos, como por ejemplo yo mismo, Mondo Brutto ha creado escuela en la prensa alternativa. Erudito y divertido, ¿quién se resiste a imitarlo? Aunque no todo van a ser flores. Demasiadas veces han rozado la difamación zahiriendo gratuitamente a gente que no se lo merecía, otras tantas han coqueteado con opiniones políticas a las que soy algo más que refractario y, durante un tiempo, sus páginas supuraban una mala baba capaz de perforar el blindaje de cualquier caja fuerte. Vamos, que daba hasta mal rollo. Irreductibles e inasequibles al desaliento, Galactus, Joe D’alessandro, Dildo de Congost, Grace Morales (por la que siento una especial debilidad) y compañía, los redactores de Mondo Brutto, a lo largo de todos estos años, han ido dando forma a un universo propio en el que conviven personajes como Aleister Crowley, Luixy Toledo o Manolito Rollo y donde hay cabida para asuntos tan dispares como los avistamientos marianos, la música en el Tercer Reich, los concursos televisivos, el cine de romanos, las chucherías, los calzoncillos, los mocos y, en general, cualquier insensatez. Mención especial merecen los desternillantes artículos costumbristas de la señorita Morales sobre los bodorrios, las celebraciones de Nochevieja, los bares, el curro o la familia, de un hiperrealismo casi doloroso, que conforman el grueso del libro. Con una estupenda introducción de Jordi Costa, el acompañamiento gráfico del ilustrador Olaf y un par de artículos inéditos, esta antología es una buena manera de introducirse en el mundo de una publicación imprescindible.