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Eduardo Bravo: Cecilia 2

Bravo no sólo ha recabado testimonios interesantísimos que diseccionan el LP, sino que ha aportado su visión personal y parte de su bagaje como melómano de pro.

Editorial Lengua de Trapo / Círculo de Bellas Artes | 96 págs. | 16,50 €.

Los que nos dedicamos a rebuscar (me niego a usar el anglicismo “digging”) discos en todo tipo de sitios, siempre decimos que son estos los que nos encuentran a nosotros y no al revés. Así fue como hace un par de años “Cecilia 2” se cruzó en mi camino. La malograda cantautora realmente nunca estuvo en mi radar en cuanto a preferencias, pero sólo tuve que comprobar que mis admirados Juan Carlos Calderón (producción) y Pepe Nieto (arreglos) estaban metidos en el ajo para terminar por dejarme llevar por su enigmática portada y hacerme con él. Ya girando en el tocadiscos de casa, algo que no supe explicar me hizo escucharlo en bucle hasta que, poco a poco, me fue haciendo suyo, llegando al punto de convertirme en su apologista en las redes sociales, muy en especial del tema “Equilibrista”, la inclasificable delicia que cierra el disco. Por suerte, para entender qué me pasaba, estaba Eduardo Bravo. Quién mejor que él para explicarme por qué me gustaba tanto ese disco, para arrojar luz sobre un maravilloso artefacto injustamente olvidado.

Evangelina quería titularlo “Me quedaré soltera”, un misil a la línea de flotación del pensamiento católico heteropatriarcal que imperaba con puño de hierro

Hacía tiempo que le había perdido la pista a Eduardo, quizá desde que en calidad de “hermano Pizarro” le entrevisté para este mismo medio, un joven discreto, culto y refinado al que tuve la suerte de conocer a través de amigos comunes hace ya media vida, cuando su fanzine “Serenidade” era un referente para los enamorados de la bossanova. Por eso, cuando abrí el boletín de novedades de Lengua de Trapo y vi que había escrito un libro sobre el segundo disco de Cecilia, por momentos me dejé llevar por el supersticioso cabalista que hay dentro de mí. Vamos, que concluí que aquello era una señal en toda regla, que todos los caminos conducían a “Cecilia 2”.

En un momento de encrucijada en la industria de la música donde el popular cedé o posavasos parece abocado a pasar a mejor vida por culpa de las nuevas tecnologías mientras los nostálgicos del vinilo se reivindican como lo hicieran los demócratas de toda la vida durante la Transición, tres reputados musicólogos y contrastadas eminencias dentro los circuitos melómanos más eruditos de nuestro país.

Nos cuenta Eduardo, con lógica satisfacción personal, que su trabajo de pico y pala con Sony, la actual propietaria de los derechos del catálogo de CBS, donde se publicó el disco de Evangelina Sobredo, no ha caído en saco roto gracias a la subida del disco en la plataforma de “streaming” Spotify, aunque la alegría quede empañada por la ausencia de una reedición del disco en su cincuenta aniversario (2023) que hiciera justicia al que es considerado por muchos, entre los que me incluyo, como el mejor disco de la brillante cantautora. Un trabajo que, como se nos explica minuciosamente, fue mutilado por la censura y abandonado a su suerte. Hay que recordar que estamos en 1973. ¿De veras hay que hacerlo? Pues a tenor de la pertinaz desmemoria que aqueja endémicamente a este país y la estremecedora deriva sociológica a la que estamos asistiendo en nuestros días, es evidente que sí. Sin contextualizar que en pleno tardofranquismo, cosa que el libro hace maravillosamente mediante voces autorizadas, la propuesta de Cecilia era absolutamente radical y avanzada para su época, no se puede entender que una cantante que ya contaba con enorme éxito y popularidad, que destilaba talento y audacia por los cuatro costados, tuviera que sufrir del maltrato desidioso de su obra y la incomprensión de crítica y público con un segundo elepé que terminó cayendo en el ostracismo y, muy a pesar de sus fans incondicionales, convirtiéndose en un disco de culto.

Son varios los ejemplos del ensañamiento con el disco. Para empezar, Evangelina quería titularlo “Me quedaré soltera”, un misil a la línea de flotación del pensamiento católico heteropatriarcal que imperaba con puño de hierro. Por consiguiente, CBS decidió que era mejor que se quedara en “Cecilia 2”, lo que no pudo ser más anodino y contraproducente comercialmente. Por otro lado, en la portada pensada por Evangelina, en la que aparecía visiblemente embarazada en una foto tomada por Pablo Pérez-Mínguez, era demasiado audaz y fue cambiada por otra, muy bonita, sin duda, pero carente de sentido reivindicativo alguno.  Por último, la canción “Un millón de muertos”, que aludía a las heridas no cicatrizadas que la Guerra Civil había causado, tuvo que ser modificada, (tan sólo en el título porque, sorprendentemente, la letra permaneció intacta) por “Un millón de sueños”.

Podría seguir diciendo muchas cosas de este disco, del carácter tan especial de Cecilia, de mi admiración por los músicos que en él participan, de la profundidad y modernidad de un trabajo que gana enteros con el paso del tiempo, pero eso ya lo ha hecho, y mucho mejor de lo que yo podría hacerlo aquí Eduardo, que no sólo ha recabado testimonios interesantísimos que lo diseccionan, sino que ha aportado su visión personal, aportando parte de su bagaje como melómano de pro, lo que es de admirar y hace aún más disfrutable este pequeño libro que os recomiendo encarecidamente.

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